Maestros
La conseja popular señala que cada pueblo tiene la educación y a los profes que merece. Y si eso fuere aplicable deberíamos preguntarnos qué males estaría pagando la Nación para sufrir las consecuencias de una situación que se ha vuelto endémica y de la que los trabajadores de la educación son al mismo tiempo sujeto y objeto. Que los estudiantes del país ocupan los últimos lugares en las evaluaciones internacionales y que las nacionales ubican a los del Estado en los últimos lugares del contexto nacional es algo que nadie ignora. Que cada día extrañamos más a los excelentes maestros de antaño va con los sentimientos de la época lo mismo que el repudio que en el transcurso del año generan quienes cada día más, se encuentran marginados de la actividad que debería mantenerlos ocupados por dedicarse de lleno a la política en sus diferentes manifestaciones incluidas las violentas que son transmitidas por los medios masivos de comunicación.
Que deseamos mejore sustancialmente la calidad de la educación pública y/o privada, que reciben niñas, niños y jovencitas y jovencitos en la escuela no es un secreto que merezca permanecer oculto, lo mismo que el deseo social por que quienes eligieron al magisterio como la profesión de su vida, se dediquen con pasión y conocimientos suficientes a la labor que les permite, carencias de por medio, sostener una vida con dignidad y decoro.
Que debemos buscar los mecanismos que permitan generar las condiciones necesarias para lograr que la educación sea la tarea más importante para la Nación es algo más que una aspiración y un deseo, es una exigencia que la sociedad enarbola como prioritaria para enfrentar con éxito la crisis en la que se encuentra sumergida el país.
Entre las tareas ingentes que se requieren pero que seguramente permanecerán inalteradas ad perpetuam, se encuentran las relativos a la generación de un nuevo pacto social que establezca con claridad los grandes alcances que en materia educativa perseguiría la sociedad mexicana, delimitara con claridad funciones y atribuciones entre los actores del proceso educativo incluidas madres y padres de familia, sociedad, los grandes monopolios de la televisión y adicionalmente la radio incluidas culturales, hiciera de los centros escolares la figura central del proceso educativo y elevara a rango constitucional la participación de los progenitores en la materia en los procesos de control y evaluación académica de las instituciones lo mismo que la determinación del ingreso, permanencia y promoción del personal académico y su retribución económica sujeta a resultados, modificaciones de fondo a la normatividad que rige las relaciones sociales en el sector educativo incluido el artículo 3 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y sus leyes secundarias, lo mismo que las de las que establecen los límites y la coordinación fijada actualmente en el pacto federal incluida la función recaudatoria y hacendaria, las que norman las relaciones laborales entre los trabajadores de la educación al servicio del Estado y sus patrones y las relaciones entre los mismos trabajadores para que los procesos de afiliación, representación y titularidad de las relaciones laborales correspondan al libre designio de los interesados y muchas otras cosas más.
Sin duda y sin mucho esperar de lo que fuese posible lograr, es necesario e imprescindible que cada actora y actor participantes en el proceso educativo hagan su tarea sin renunciar, en el caso de los trabajadores, a los mecanismos de lucha que sin afectar a la sociedad, garanticen la permanencia de sus derechos pero de la misma manera lograr que por encima de la defensa del interés particular, el Estado y su administración asuman la defensa del interés superior de la Nación bajo el formato de la defensa de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
La tarea para lograr la educación que merece la sociedad mexicana es ardua pero sin duda será satisfaría.
La conseja popular señala que cada pueblo tiene la educación y a los profes que merece. Y si eso fuere aplicable deberíamos preguntarnos qué males estaría pagando la Nación para sufrir las consecuencias de una situación que se ha vuelto endémica y de la que los trabajadores de la educación son al mismo tiempo sujeto y objeto. Que los estudiantes del país ocupan los últimos lugares en las evaluaciones internacionales y que las nacionales ubican a los del Estado en los últimos lugares del contexto nacional es algo que nadie ignora. Que cada día extrañamos más a los excelentes maestros de antaño va con los sentimientos de la época lo mismo que el repudio que en el transcurso del año generan quienes cada día más, se encuentran marginados de la actividad que debería mantenerlos ocupados por dedicarse de lleno a la política en sus diferentes manifestaciones incluidas las violentas que son transmitidas por los medios masivos de comunicación.
Que deseamos mejore sustancialmente la calidad de la educación pública y/o privada, que reciben niñas, niños y jovencitas y jovencitos en la escuela no es un secreto que merezca permanecer oculto, lo mismo que el deseo social por que quienes eligieron al magisterio como la profesión de su vida, se dediquen con pasión y conocimientos suficientes a la labor que les permite, carencias de por medio, sostener una vida con dignidad y decoro.
Que debemos buscar los mecanismos que permitan generar las condiciones necesarias para lograr que la educación sea la tarea más importante para la Nación es algo más que una aspiración y un deseo, es una exigencia que la sociedad enarbola como prioritaria para enfrentar con éxito la crisis en la que se encuentra sumergida el país.
Entre las tareas ingentes que se requieren pero que seguramente permanecerán inalteradas ad perpetuam, se encuentran las relativos a la generación de un nuevo pacto social que establezca con claridad los grandes alcances que en materia educativa perseguiría la sociedad mexicana, delimitara con claridad funciones y atribuciones entre los actores del proceso educativo incluidas madres y padres de familia, sociedad, los grandes monopolios de la televisión y adicionalmente la radio incluidas culturales, hiciera de los centros escolares la figura central del proceso educativo y elevara a rango constitucional la participación de los progenitores en la materia en los procesos de control y evaluación académica de las instituciones lo mismo que la determinación del ingreso, permanencia y promoción del personal académico y su retribución económica sujeta a resultados, modificaciones de fondo a la normatividad que rige las relaciones sociales en el sector educativo incluido el artículo 3 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y sus leyes secundarias, lo mismo que las de las que establecen los límites y la coordinación fijada actualmente en el pacto federal incluida la función recaudatoria y hacendaria, las que norman las relaciones laborales entre los trabajadores de la educación al servicio del Estado y sus patrones y las relaciones entre los mismos trabajadores para que los procesos de afiliación, representación y titularidad de las relaciones laborales correspondan al libre designio de los interesados y muchas otras cosas más.
Sin duda y sin mucho esperar de lo que fuese posible lograr, es necesario e imprescindible que cada actora y actor participantes en el proceso educativo hagan su tarea sin renunciar, en el caso de los trabajadores, a los mecanismos de lucha que sin afectar a la sociedad, garanticen la permanencia de sus derechos pero de la misma manera lograr que por encima de la defensa del interés particular, el Estado y su administración asuman la defensa del interés superior de la Nación bajo el formato de la defensa de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
La tarea para lograr la educación que merece la sociedad mexicana es ardua pero sin duda será satisfaría.
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