Maestros
Cartas a Gracia
Gracia, no he tenido oportunidad de ir a la ciudad de México aunque he querido hacerlo y por ese motivo no he tenido la oportunidad de saludarte personalmente, hecho que pretendo suplir aunque sea mínimamente con estas cartas. Como ya habíamos platicado, el 30 de abril –día del niño- concluye de facto con el ciclo escolar 2007-2008 en las escuelas públicas. Los puentes –oficiales y oficiosos- que los trabajadores de la educación construyen en el transcurso del mes de mayo son lo de menos, lo mismo que los anuncios oficiales que indican la autorización para suspender actividades en los planteles escolares sólo el 15 de mayo –día del maestro y aniversario de la toma de Querétaro- y la respuesta de las secciones 23 y 51 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) revirando la nota con la proclama de la celebración de la festividad magisterial en las diferentes regiones educativas en la que se divide la entidad de Zaragoza, puesto que esas ausencias no se comparan con la suspensión de las actividades en las escuelas durante el mes de junio a pesar de que escolapios y maestros asisten a oficialmente a clases.
Pero cuando platicamos de maestros Gracia, no todo es gris. Resaltan en la memoria –en la tuya, en la mía, en la de todos y cada uno de quienes pasamos por la escuela- nombres de varios personajes que han influido de manera positiva en nuestras vidas.
Hoy por hoy Gracia, aparece en mis recuerdos la figura del maestro Polanco. No muy alto, de cabello chino, corpulento sin llegar a ser gordo, con lentes muy gruesos, una chamarra de cuero que suplía con un suéter en cuello V cuando la situación climática lo demandaba y un buen humor a toda prueba. A más de la situación escolar de la que te contaré más tarde, te comento por el momento que lo recuerdo deambulando por diversas zonas de la ciudad por las que coincidimos. Débil visual, casi invidente, acompañado siempre por un hermano menor –abogado de profesión- quien hacía y con gusto las veces de lazarillo, de inmediato respondía por el nombre de quien le saludaba a pesar de carecer prácticamente de la vista. De excelente memoria ubicaba a quien le interpelaba recordando la generación de la que formaba parte, lo ubicaba espacial y temporalmente lo mismo que a sus compañeros para luego preguntarle por quienes hermanos, hermanas y padres lo habían tratado de manera profesional.
Trabajador de la educación que se desempeñara de manera profesional por más de treinta años en el colegio Trinidad Sánchez Santos de la ciudad de Puebla propiedad de la corporación religiosa multinacional denominada "los salesianos" con intereses en 128 países y que en el Estado cuenta con autorizaciones para impartir estudios de educación básica, preescolar, primaria y Normal y Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios para los de bachillerato en la ciudad de Puebla y en la de Tehuacán y que en la ciudad de México posee autorizaciones para prestar estudios de educación superior, tenía ubicado su salón de clases al final del pasillo del primer piso en el que se encontraba siempre con antelación a la llegada de sus alumnos. Exigente suplía su falta de vista con una memoria prodigiosa y con un oído sumamente desarrollado. Cual Simitrio era ocasionalmente sujeto de bromas que combatía con las armas propias de su tiempo entre los que se encontraban gises y un borrador que cuando se lanzaban indefectiblemente daba el en blanco elegido. Exigente y con un don de gentes envidiable, recordaba el nombre de cada uno de sus alumnos de los que siempre estaba pendiente.
Como mi hermano refiere y lo hago propio Gracia querida, hace casi cincuenta años que me enseño a leer y aún lo reconozco con orgullo, me proporciono lo mismo que a cientos de chamacos a los que él enseñó, uno de los mayores placeres de la vida: La lectura.
Por esas razones Gracia, con gratitud recuerdo al profe. Polanco y a través de él a quienes como él me posibilitaron mejores condiciones de vida.
No sé si aún viva pero si, por que él me lo dijo en alguna ocasión, la amargura que le causara un cura salesiano de apellido Valenciano que le impidiera, por causa de su ceguera, continuar con una carrera que siempre desarrollo con absoluto profesionalismo. Por cierto que a pesar de la enorme riqueza de la orden salesiana y de su discurso de amor al prójimo, justicia, bien común, lo despidieron sin el pago de la indemnización y la pensión correspondiente pues nunca fue dado de alta en el Seguro Social.
A todos mis mentores en especial al maestro José Luis Velázquez Báez, a Juan Antonio Badillo, un afectuoso saludo por su día, el día del Maestro. Honor a quien honor merece.
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